22 ene. 2010

Siempre la misma historia


Pasó la tragedia del río Paraná. Todavía no la angustia ni la desesperación de los familiares de Leiva y Bacigaluppi, cuyos cuerpos aún no aparecen.
Sin embargo, con el resultado (accidente) puesto, ya comienzan a escucharse, de todos lados, voces que buscan culpables. Como siempre. Parece mentira, pero es evidente que no aprendemos más. Nosotros. Los posadeños. Los misioneros. Los argentinos. Bah, los seres humanos en realidad.
Siempre tomamos conciencia de algo malo que pasa una vez que pasó, como en esta oportunidad. Es entendible que los familiares de las víctimas, con todo el dolor que significa perder a seres queridos, busquen a quién echarle la culpa, a quiénes responsabilizar del trágico suceso o a quiénes indicar como artífices de la desgracia.
No obstante, si nos ponemos a pensar, siempre lloramos sobre la leche derramada.
Nadie dice que no haya responsables. No hay dudas de que prevenir es mejor que curar, y que tomar medidas pertinentes siempre puede servir a evitar catástrofes, incluso contra esa madre naturaleza que, cuando castiga, se hace sentir.
Por cuestiones menores, en 2006 falleció un boyero en una prueba del Campeonato Misionense de Aguas Abiertas. Nadie parece acordarse hoy de eso.
Que Prefectura haya estado presente en la prueba sólo con dos embarcaciones no es ninguna novedad. Que los organizadores decidan largar una fecha sin estar totalmente convencidos, tampoco. Que las autoridades gubernamentales apoyen la decisión de los organizadores sin conocer las consecuencias de lo que pueda pasar es hasta razonable, pero debiera haber conocimiento previo, indudablemente.
Quizás todos tengan parte de responsabilidad. Incluso los que actuaron como guías de los nadadores, porque, según afirman algunos especialistas, fueron ellos los que llevaron a los deportistas a la "zona mortal".
Afortunadamente, y como suele suceder en estos casos, la solidaridad invadió a todos los misioneros y el "operativo rescate" contó con una masiva colaboración.
Pero seamos realistas. Si la desgracia no sucedió antes fue pura y exclusivamente porque el destino, la naturaleza o el de arriba no quiso. Siempre esperamos que algo ocurra para tomar real dimensión de lo que estaba en juego. Y recién ahí, con el acontecimiento acaecido, comenzamos a evaluar lo que se tendría que haber hecho y lo que se pudo haber evitado. Lastimosamente somos así. y Nada indica que vayamos a cambiar.

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